Argentina padece las minorías frente a las mayorías disminuidas


Por Mauricio Runno

Todo bien con las minorías, de cualquier tipo. Y todo más que bien con darle valor a estos segmentos sociales nucleados alrededor de distintos intereses inherentes. Todo bien, al punto que eso define a un liberal en el sentido más democrático y progresista: la aceptación del otro, la inclusión del distinto, la armonía entre sectores, con sus pujas lógicas, y hasta el delicado equilibrio entre sociedades que van mutando con una velocidad inusual.

¿Es la tecnología, ese pulso que agita los días del presente con vértigo, lo que cambia a nuestros pueblos en el mapa sociológico? ¿O son los hombres y mujeres de cierto país o región los que en verdad conducen la transformación social? 

Habría que ayudarse de la filosofía pero no es la intención, aquí y ahora. Y el ejemplo en Argentina no es bastante aplicable: las minorías poseen una intensa agenda de derechos otorgados y escasisimas obligaciones. Medio cachivache, como casi siempre lo que rodea al país cuando se rasca y se atraviesa la superficie, lo efímero, el presente continuo.


El kirchnerismo realizó con las minorías lo que suelen practicar los dueños de las empresas entre sus plantillas: cuando las descubrió, se  las empoderó a  la marchanta, las albergó con derechos (sin obligaciones ni exigencias o cuanto menos las existentes fácilmente eludibles), las visibilizó y les tiró unos manguitos de la Patria Subsidiadora. Con eso bastó para afrontar la retórica de la “inclusión” sin demasiados espejos a la Pinocho.

Los patrones suelen hacer algo similar con sus “minorías”, puertas adentro. Casi tan bárbaro y cínico como creerse y postularse como mente abierta pensando que se tiene un amigo judío. 

Las minorías tienen todos los derechos posibles dentro de un marco en el cual la mayoría necesariamente debe admitir. Es justamente ese el valor y el poder de la mayoría: ofrecer el marco y la tolerancia que más le encaje dentro de sus normas, leyes y forma de gobierno, y aceptar lo minoritario como parte del engranaje. Cualquier otra visión es autoritaria, sectaria o corporativa. De ambos lados: las mayorías no pueden pasar de largo las minorías y éstas mucho menos creerse mayorías.


En este punto radica parte de la metodología cultural a renovar, a menos que uno crea que la minoría sea más sofisticada que esto de pintar y proclamar en un sitio histórico "Macri hetero". Lo que es ridículo para las mayorías es absolutamente contrastante para las minorías. Y ese es el juego y también la madurez de una sociedad. Resolver sus diferencias sin afectar al otro.

Denunciar "Macri hetero" es tan legítimo como pensarlo como "presidente", "buena onda", "budista vegano", "forro", "vocero del Newman" o "bostero". 

Y ahí está el núcleo de la convivencia democrática, perdida gracias a una traumática y deliberada confrontación entre poderes, que, para peor, ni siquiera estuvieron tan claros cuando disputaron la agenda de la Argentina. En esta instancia adquiere más que gracia el rol de las mayorías, el sentido de su compromiso, más allá de un presidente, con una forma y estilo de vida. Se trata de la opción entre el pasado y sus heridas, el presente continuo a modo de laberinto horroroso, o bien admitir una suerte de destino, eso que llaman futuro y que suele aplastarnos, día a día. El mundo no se muestra tan interesado en la psiquis argentina.

¿Cuál es el aporte mapuche a la cultura de una nación de apenas dos siglos de conformación? 

Posiblemente nada trascendente y más posiblemente sigan el vínculo de víctimas de un sistema perverso que alguna vez decidió borrarlos (Roca y la Conquista del Desierto). Pero, seamos honestos, amigos: aquello sucedió hace mucho tiempo, lo bueno y lo malo. Y re-editarlo hoy es tan anacrónico como endebles los portavoces mapuches cuando plantean sus soluciones para forjar un país en desarrollo. Directamente no piensan en este país, sino en uno propio. Allá ellos. Pero esa minoría no es la mayoría, al menos hoy. Así como no es común que los habitantes de la mayoría del país proclamen tierras sagradas en nombre de usurpaciones de antaño.

¿Es Macri, el hetero, el responsable de los destinos de una minoría o de todas? ¿O es el presidente democráticamente elegido y puesto a renovar asuntos claves del país, para lo cual hay que pensar en las mayorías? ¿Macri debe olvidarse de los mapuches, extinguirlos, perseguirlos, alejarlos del país? ¿O integrarlos, casi con paciencia budista, sabiendo que esa minoría no es la de su palo?

En general, los presidentes protegen sus votos para sostener su visión o misión. Cada vez es más raro un estadista en un mundo en el cual Trump y Putin son colegas de poderosos sistemas, hegemónicos, casi intransigentes.

El mayor desafío del presidente Macri -hetero o no, a quién carajo le importa eso- es gobernar para las mayorías,  quienes han ratificado un destino que, casi como un hecho místico, todavía no vislumbran, salvo en discursos y en incipientes síntomas apenas.

¿Por qué la jujeña Milagro Sala es una privilegiada del sistema judicial?

¿Por qué los sindicatos y sus representantes parecen más extorsionadores que delegados de trabajadores?

¿Por qué no se condenan a los responsables evidentes de la corrupción, la vieja, la actual, todas?

¿Por qué no somos capaces de proteger nuestra identidad precolombina, promoverla y desarrollarla, dentro de la democracia?

¿Por qué la violencia de género es un verdadero disparate en su ejecución?

La respuesta es casi siniestra: domina la corrección política, el acting.

Y para gobernar, como estadista, más que como administrador, hay que estar dispuesto a que no siempre la solución sea la correctamente política.

¿Podrá Macri torcer la deformación y la imposición de las minorías, con sus modales, su genética y su tradición de nuevo rico, de millonario díscolo, a contramano del contrato social?

Es una respuesta ausente en las mayorías deprimidas. Un interrogante que detecta el verso, la mercadotecnia o las encuestas como método de gobierno. De allí su importancia, mucho más allá del nombre y apellido del presidente. Y del cambio tan proclamado, para dejar atrás el gatopardismo, esto es: que algo cambie para que nada realmente cambie.

El "hetero" tiene varias de estas respuestas. O no.

Las mayorías disimulan la ansiedad con expectativa.







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